Solo quince segundos

María Liu terminó de cerrar la tienda de abarrotes. Su jefe, el señor Candao, salió del negocio un poco más temprano, dejando en manos de ella la responsabilidad de cerrar el local. Dos trabajadores más le ayudarían en el proceso.

A la salida se reunió con su amiga Florencia Atay, de origen filipino. Ella trabajaba en la casa de envíos que estaba contiguo a la tienda. En el pequeño centro comercial prevalecían los negocios de origen asiático.

María Lui llegó a los Estados Unidos en los años setenta.  Se estableció en el estado de California donde luego se casó y cuidó de sus hijos. Venía huyendo de las políticas impulsadas por el gobierno comunista de China y en la búsqueda de una mejor forma de vida.

El nombre que le dieron sus padres no era María. Poseía un nombre que era difícil de pronunciar para los demás.  Al aplicar para la ciudadanía americana decidido adoptar un nombre popular y fácil de repetir.

Ya estaba entrando a la edad de retiro, pero tenía planes de continuar trabajando, aunque fuera medio tiempo,  si se lo permitía el señor Candao. Él le dio ese trabajo, años atrás, revisando y acomodando productos. , ella continuaría laborando.

Florencia esperaba a que ella saliera y juntas caminaban a la esquina cercana, cruzaban la calle y esperaban el autobús que a esa hora pasaba con puntualidad envidiable.

Ese día María revisó que todo estuviera en orden, pero tuvo una última inquietud que le hizo decir a su amiga que se adelantara, que iba a revisar algo y que ya la alcanzaría, no le llevaría mucho tiempo. El autobús estaría ahí en menos de cinco minutos.

Con lo que ella no contaba era con que había sucedido un accidente.  El chofe debió tomar un desvío y llegó con un par de minuto de retraso, los cuales fueron suficientes para impedirle el cruzar la calle a una hora de mucho tránsito.

Su amiga la esperó en la puerta del autobús creyendo que eso detendría al conductor, pero él le pidió que abordara o se bajara.

Ella replicó que su amiga ya venía, que tan solo debía atravesar la calle. A pasos rápidos no le llevaría mucho tiempo.

—Por favor —dijo—, espere. Solo quince segundos.

El conductor cerró la puerta y arrancó sin esperar a María.

María llegó sofocada a la parada de autobús. La corta carrera que realizó le cortaba la respiración y su corazón bombeaba con fuerza desconocida. Fue inútil el esfuerzo. Por más empeño que le puso, solo pudo ver como el autobús se alejaba. Si tan solo el semáforo hubiera hecho un cambio de luz a tiempo.

Con resignación ocupó la banca de espera. En esa estación solo ellas dos eran las que abordaban el vehículo con regularidad. Ahora esperaría por el próximo que demoraría media hora en pasar.

Un sujeto llegó hasta donde estaba ella. Las luces de los carros detrás de él no le permitían verle el rostro. Pensó que sería otro pasajero. Vestía jean y un suéter raído con capucha. De inmediato quiso arrebatarle el bolso, pero María lo tenía tomado con las dos manos y no lo soltó. El ladrón sacó una navaja y la blandió al aire con el afán de intimidarla. Ante la resistencia de la mujer, el tipo se la aproximó al rosto. En el forcejeo le laceró el cuello y de inmediato la sangre empezó a manar con cada latido del corazón.

Ella soltó el bolso y gritó. El sujeto corrió con el botín y se perdió en las sombras de la noche. Ella quiso cubrirse la herida con las manos, pedirles a los transeúntes que la socorrieran, pero no había nadie más. Caminó hacia la esquina cercana, a la gasolinera, donde alguien la vio y llamó al servicio de emergencia. María Liu no volvió más a su casa, fue declarada muerta en la escena.

Unas semanas más tarde, después de que se efectuaran las investigaciones preliminares y que el cuerpo fuera entregado a los familiares, se realizó el sepelio. Los parientes y amigos asistieron a este. Florencia les dio el pésame a los hijos de María. No paraba de lamentar el hecho de todo eso se hubiera evitado si el chofer hubiera esperado tan solo quince segundos.

—Ella ya estaba casi llegando al autobús, casi que corría, pero al conductor no le importó. Él debía cumplir con su horario. No fue amable por una sola vez.

Ahora ella, por miedo, le había pedido a su jefe que le cambiara el turno de trabajo y este accedió. Los hijos, de la ahora occisa, escucharon con atención su relato.

Días después, una mujer, enfundada en un abrigo oscuro, esperaba a que arribara el autobús. Al llegar, y abrirse la puerta, el chofer alcanzó a ver lo que le pereció una chica de origen asiático. Esta sacó una pistola del abrigo y le disparó a directo al rostro.

Los pasajeros, asustados tras el estallido, se deslizaron bajo los asientos. Algunos hasta se cubrieron la boca con ambas manos para no tener que gritar. Esperaron a que el gatillero efectuara más disparos, pero no fue así. Un solo tiro antes de huir de la escena del crimen.

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