Las manzanas

El día lucía brillante y muy cálido para ser finales de octubre. Cosas que suceden últimamente con los cambios climáticos. Las estaciones parecen fusionarse una dentro de la otra y ahora el otoño se tornaba en una prolongación del verano.

Los granjeros locales instalaron su mercado al aire libre, igual todas las semanas. Levantaron carpas multicolores donde ofertaban la mayoría de productos que cultivaban y otros elaborado a partir de la materia prima. La fiesta de Halloween estaba a la vuelta de la esquina y las calabazas eran la reina de la función. Se podían apreciar en todas sus variedades al natural o en forma de pasteles, confeccionados con recetas familiares.

Durante el almuerzo, Bianca White, dejó la oficina legal donde trabajaba y cruzó la calle que la separaba del mercado improvisado. Su nueva compañera de trabajo, Lauren, se lo recomendó. Le sugirió que se reunieran ahí más tarde.

Bianca estuvo deambulando por algún rato hasta que una mujer le ofreció una manzana.

—Cómprame algunas —dijo la vendedora, colocando la fruta al nivel de los ojos de la chica—, también son orgánicas.

—Está bien, deme media docena —dijo mientras veía alejarse la mano, en forma de garra, de su rostro.

La anciana, de cabellos largos y cenizos, escogió las frutas con cuidado y las introdujo en una bolsa de papel.

—¿Eres nueva por acá?  —preguntó a la vez que le entregaba su compra.

—Se podría decir que sí. Trabajo en el edificio que esta ahí. Es una oficina de abogados.

—Me di cuenta porque conocemos a la mayoría de las personas que vienen acá. Solo abrimos una vez por semana y a estas horas.

—En realidad, yo no soy de esta zona. Vivo en Torrance.

—Eso queda lejos de aquí. Si tomas la autopista te llevara 45 minutos, si es que no te encuentras con el tráfico.

—Tomo el Harbor bulevar y luego el Del Amo.

—Ten cuidado cuando conduzcas por las colinas. En esa zona hay cruces de animales salvajes y a veces van con mucha rapidez.

—Yo manejo despacio. Si alguien más quiere rebasar, es su problema.

—No me refiero a «esos». Hablo de los venados que cruzan frente a ti.

—¡Bianca, pensé que no vendrías!  —dijo Lauren.

—Aquí está su pago —dijo a la vez que extendía un billete.

La mujer tomó el dinero, pero también le agarró la mano y le recalcó: cuidado con las manzanas. Y la dejó libre.

—¿Que fue eso? —preguntó Lauren.

—No tiene importancia.

—No le brindes demasiada información a una persona desconocida.

—Es solo una pobre mujer que vende frutas—sonrió Bianca.

—Puede ser una bruja que te las ofrece a propósito —dijo mirando hacia atrás.

Esa noche, Bianca, dejó la oficina más tarde de lo esperado. Los casos se acumulaban y necesitaba lucir competente. Como era usual, tomó la carretera que cruzaba sobre las colinas. Ante de abordar el vehículo se dijo que tenía hambre, pero no quería perder el tiempo en un sitio de comida rápida. Se fijo en la bolsa del mercado y extrajo una de las frutas . Le dio un mordisco y la juzgó dulce y jugosa.

Empezó a conducir con la manzana en una mano y el timón en la otra. Subió las colinas sin mayor dificultad. Al descender, la cuesta el motor incrementó la velocidad, pero ella iba frenando con discreción. De repente apareció un venado hembra con su cría sobre la carreta. Sin inmutarse, volvieron a ver la luz del auto que se aproximaba a ellos. Bianca vio el brillo de los focos reflejados en los ojos salvajes. Se estremeció y aspiró el trozo de manzana de la última mordida. Los animales abandonaron el asfalto tan pronto el instinto les advirtió del peligro. Bianca sintió que no podía respirar. En su desesperación perdió el control del carro y este se precipitó hacia un barranco.

            El médico forense asió una pinza y extrajo el trozo de manzana que la muchacha tenía atorado en la garganta. Sus labios ya no eran de un rojo natural, ahora lucían ocre y su piel más blanca con tintes azules.

Bianca se despertó asustada, tosiendo con fuerza. Sentía que le faltaba el aire. Alcanzó el interruptor de la lámpara, sobre la mesa de noche, y la encendió. Pudo ver el vaso con agua y lo aproximó a sus labios con presteza. Cuando estuvo en calma, abandonó la cama, fue a la cocina, tomó las manzanas y las tiró a la basura.

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