Ingratitud

De nada le valió a mi abuelo haber sido padre de diez hijos. El día que el banco amenazó con embargarle la finca, ninguno de ellos fue capaz de aportar el dinero necesario para saldar la hipoteca. Fue mi padre quien, por amor a mi madre, pagó la deuda. Al morir el anciano, sus hijos aceptaron vender la propiedad y repartirse la ganancia.

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