Cansado

Manuel colocó la mitad de su rosto contra la superficie del escritorio y cerró los ojos. Percibió la madera discretamente fría, pero se sentía tan bien en esa posición que quería quedarse dormido ahí, sobre el mueble.  La maestra había encendido el aire acondicionado para alejar el calor del verano.  Eso, unido al tono monótono que usaba en su clase, lo alejaban cada vez más de su propósito. Quería desconectarse, aunque fueran cinco minutos nada más.

Quizás fue solo un instante, pero ahí estaba él, en su rancho, contiguo de la frontera, mirando desde el lado mexicano el muro malhecho que separaba los dos países. Y se veía aún niño, cuando no tenía ni la mínima intención de cruzar y creía que era feliz con sus padres.

Sabía que la gente tomaba el camino de más arriba, junto a la valla, pero eso no importaba en ese entonces. Hasta que la familia empezó a crecer desordenadamente y se percató que sus progenitores no tenían planes de vida concretos. Lo único que veía crecer en el valle era la miseria y los hermanos que cada año se iban agregando como cuentas de rosario. Eso fue vital el día que decidió largarse rumbo a Los Ángeles.

No llevaba nada importante. Solo que un trozo de papel con un número de teléfono que un día le dio Benjamín, su mejor amigo, y le dijo que, si algún día pensaba brincarse el cerco, lo llamara.

Así lo hizo, pero ya no estaba donde le había dicho. De cualquier manera, alguien más lo recibió tan pronto consiguió llegar a la gran urbe.

—Mira, Benjamín se fue para Oregón, pero me dejo el celular porque me debía dinero. Pero si no tienes donde acomodarte, te puede quedar aquí. Te ayudamos a buscar trabajo y luego pagas tu parte.

No tenía muchas oportunidades. A sus veinte años sentía la responsabilidad de ayudar a la familia que dejó en México. Por fortuna no necesito de papeles para trabajar. Aun sin documentos siempre había alguien que lo empleaba. Por lo general eran trabajos pesados o de corta temporada.  A veces debía buscarse dos trabajos porque los patrones lo despedían si sospechaban que no reunía los requisitos para laborar en el país.  Así trabajó descargando muebles para compañías de mudanzas o con instaladores de piso y techos. De cualquier manera, el trabajo estaba ahí. Era pesado, pero no podía ponerse exigente ya que sus opciones eran mínimas.

Se inscribió en las clases de inglés para adultos que ofrecían las escuelas de la comunidad donde él vivía. Quería instruirse y no sentirse ignorante cuando le hablaban.  Manuel hacía lo posible por ira a prender, pero siempre estaba cansado y se le dificultaba concentrarse. Se levantaba muy temprano o se acostaba muy tarde, dependiendo del trabajo que le tocara realizar. De noche limpiaba oficinas o descargaba contenedores que llegaban del puerto, pero siempre agotado, así tomara refrescos cafeinados que lo mantuvieran despierto.

—Es que no se puede hacer las dos cosas —decían sus amigos.

—A mi familia le llegó un nuevo hijo.

—Pero es que tus papás no se aguantan. Como tú les estas enviando dinero ellos no te tienen consideración. ¡Que vengan a chingarse a ver si así se mantienen más ocupados!

Con el tiempo se dio cuenta que la clase de Ms Hill se volvía un narcótico. La profesora hablaba y él no podía captar. Colocaba el rostro sobre el escritorio y no le molestaba la dureza de este. Se dormía a ratos mientras escuchaba la clase que no entendía. La profesora lo arrullaba con esa voz lejana que le decía que no podía hacer eso. Despertaba, cabeceaba y otra vez. La maestra le dijo con voz dulce, pero directa:

—No puedes dormir acá, Manuel. Tienes que irte —dijo en español con acento.

Se levantó, recogió sus cosas y salió al pasillo. Se sentó en una banca, pero la banca lo seducía y lo instaba a acostarse. El agotamiento de nuevo lo vencía y quería quedarse ahí, tendido. El principal pasó por ahí y lo vio acurrucado.   Se le acercó y le preguntó si se sentía enfermo. Manuel respondió que no. Entonces volvió a repetirle lo que ya de antemano sabía:  No puedes estar acostado ahí.

Él se levantó y se dijo que era tiempo de irse.  En la vending machine podía conseguirse un café y quizás eso lo estimulara. Se compró una taza de café. Pero no creía que eso le ayudara, más bien le irritaba el estómago. Se dirigió al estacionamiento donde había dejado el carrito viejo que le servía para movilizarse. No tenía licencia y si corría con suerte, una vez más, la policía no lo detendría y no se lo decomisarían. Es que era ya casi una chatarra.

Sentía el cuerpo pesado, pero debía regresar al apartamento que rentaba con otros.  Llegaría pronto y se dormiría. Tenía que levantarse a las cuatro de la mañana. La jornada empezaba temprano ahora que trabajaban tiempo extra. Unas cuantas horas de sueño estaría bien.

Mañana estaría bien, mañana regresaría y la profesora no tendría necesidad de decirle: No puede dormir acá, Manuel. En su cerebro escuchaba la voz de la teacher decirle una y otra vez: no puedes dormir acá, pero el sueño lo venció y se durmió en el camino de regreso a casa.

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