Buen samaritano

Ramón encendió la radio, presionando el botón sin apartar la vista del camino. Muchas veces los accidentes ocurren en un segundo, cuando algo o alguien se atraviesa frente al vehículo y no da tiempo de efectuar alguna maniobra que evite terminar en tragedia.

La radio estaba sintonizada en la frecuencia que usualmente él escuchaba. Sonaban la música que le gustaba y leían cortos de noticias. Ahora que se acercaba la temporada de fiestas de fin de año las recomendaciones eran las mismas, pero sobre todo la de no conducir en estado de ebriedad.

El padre de Ramón murió en un accidente de ese tipo. Él sabía a qué se referían los locutores cuando hacían hincapié en el asunto. Por ironías de la vida, siempre los conductores ebrios salían con lesiones menores.  Los perjudicados eran del carro contrario. Cuando comparecían en los tribunales lucían bajo efectos de dogas tranquilizantes o quizás el licor les anestesiaba el cerebro. Ramón se preguntaba si en esas personas existía algún tipo de remordimiento o todo era parte de los efectos del alcohol que los hacía sentir inocentes de toda culpa. Se exponían ante todos como si no hubieran estado presentes o alguien más lo hubiera hecho. No mostraban algún tipo de conmoción al saberse la cantidad de víctimas.

Esa noche parecía ser una noche más. Conducía hacia su casa después haber concluido su turno laboral cerca de la media noche. De repente observó como el carro que iba delante de él, a buena distancia, era impactado por otro automóvil que venía en sentido contrario de forma errática.  El auto golpeado se salió del carril y se fue a detener de costado contra un árbol. El vehículo causante corrió colina y se detuvo contra un grupo de rocas en el fondo del arroyo seco.

Ramón estacionó su auto a un lado de la carreta, encendió las luces de emergencia, tomó una lámpara de mano de la guantera y teléfono en mano corrió al carro más cercano. Al aproximarse vio movimientos de alguien que intentaban salir por una ventana trasera. Era una niña de unos diez años con el rostro cubierto de sangre.

—¡Hola! —gritó Ramón— ¿Cómo están? ¿Necesitan ayuda?

Quizás esas preguntas sonaban estúpidas en una situación como aquella, pero en su nerviosismo tampoco esperaba respuesta después de ver la escena.

Una voz de mujer le respondió. Dijo que creía estar bien, que intentaba salir del vehículo, pero las puertas estaban atoradas.

—Mi marido está atrapado—añadió.

—Creo que estoy bien, por lo menos estoy vivo. El tablero no me deja mover, pero creo que estamos bien. Tengo dolor en el tobillo, pienso que está roto.

—No se mueva, ahorita llamo al servicio de emergencia.

—La niña, ¿dónde está? —preguntó el padre.

—¡Aquí estoy, papá!

Ramón marcó el número del servicio de emergencia y de inmediato la operadora empezó a tomarle la información. Le dijo el nombre de la carreta y a qué nivel del camino se encontraban, entre otros detalles.

—La familia, al parecer, está bien.

Del cofre del carro empezó a salir humo y algunas llamas. La mujer comenzó a gritar y quiso salir por la puerta retorcida.

—¡El coche se está quemando! —gritó Ramón.

Aunque la operadora le dijo que no cortara la comunicación, Ramón dejó el teléfono a un lado y corrió a su carro a buscar la llave en L y una vieja frazada que mantenía en el maletero.  Regresó al auto en llamas y quebró el vidrio trasero, luego desplegó la frazada sobre la ruta de escape para evitar que la niña y la mujer se lastimaran.

Con el padre de familia era más difícil, pero de inmediato pensó en recostar la silla hacia atrás y halarlo hacia el asiento trasero y de ahí sacarlo por la ventana con ayuda de la mujer. El hombre era de mediana estatura y Ramón de complexión recia, así que para el buen samaritano no representó un gran reto el tirar de él por los brazos, pero sí el dolor que experimentó al ser arrastrado hacia un sitio seguro. El instinto de supervivencia fue mayor que el dolor proveniente del tobillo dañado.

El automóvil no explotó, solo ardió en llamas, alimentado con la brisa que soplaba.

Una vez que la familia estuvo a salvo, Ramón descendió despacio hacia el sitio donde yacía el otro vehículo. La lámpara de mano apenas le proporcionaba un círculo de luz y la pendiente no era muy firme.  Encontró al conductor sentado detrás del timón. La puerta se desprendió durante el choque. El individuo estaba inconsciente y a su lado varias latas de cervezas. No cabía duda de que venía tomando y manejando. Al iluminar el lugar, Ramón notó que de la pierna izquierda del sujeto manaba sangre que seguían los ritmos del corazón. Él sabía que podía ser una arteria lastimada y quizás si se le daba compresión, mientras llegaban los paramédicos, tendría alguna posibilidad de salvarse. Eso le habían enseñado en las clases de primeros auxilios.

Le dijo a la operadora que él creía que estaba desmayado o quizás muerto. Que no lo veía respirar ni moverse. Le repitió que se mantuviera al teléfono, que la ayuda ya llegaba. Ramón permaneció cerca del individuo, a la espera de que la arteria dejara de pulsar, sin hacer nada por detener el sangrado.  A su memoria regresaban los datos emitidos por los comentaristas. ¿Qué tal si ese sujeto lograba salirse con la suya y la próxima vez victimizaba a otra familia? ¿Qué tal si esta vez era él?

Ramón fue galardonado con una medalla por su participación en el rescate de la familia.

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